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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Primera despedida



La primera parte del viaje está llegando a su fin. Estamos en el hotel de Goreme esperando el taxi que nos llevará al aeropuerto de Kaiseri para tomar el vuelo de regreso a Istanbul donde tomaremos el barco que por siete días recorrerá el Mar Egeo con paradas en Esmirna, Rodas, Limassol, Alejandría, Mykonos y El Pireo, puerto de entrada a Grecia.
Un último incidente puebla de carcajadas esta despedida. Ayer, Rayita y yo, aprovechando lo barato del servicio hemos bajado nuestra ropa para que nos la laven. Paso a retirarla y encuentro que toda nuestra ropa blanca tiene un extraño color beige amarillento; ese que en España llaman blanco roto.
Pues bien, rotos han quedado mis calzoncillos, mis camisetas, algún pantalón de Rayi y todo, todo lo que era blanco, adquiere por encanto el color de las arenas de Capadoccia. ¿Será para que no olvidemos nunca esta tierra?

Apurando las últimas horas





Regreso al Centrum, es hora de almorzar y visitar el mercado de vegetales de los domingos. En un restaurancito sin pretensiones llamado “THE MEETING POINT” consigo comerme un rico sándwich de pollo en pan turco, con papitas fritas crujientes y muy sabrosas. Dos más como ese y me habré reconciliado con la comida de aquí.
El resto del día lo paso deambulando, entro a la mezquita, camino por el pueblo, doy vueltas sin destino fijo y voy a una cafetería muy sofisticada donde paso un rato relajadísimo. Al caer la tarde regreso al hotel y me encuentro con mis compañeros de viaje, que han regresado exhaustos de un tour no demasiado interesante por los alrededores.
Después de descansar un rato, salimos a comer para despedirnos del pueblo. Yo tengo desde hace días ganas de comerme el plato más tradicional de aquí: Un guiso que preparan dentro de un ánfora de barro, la cual cierran con pan y la meten a un horno de leña por varias horas. Para comerlo, traen el ánfora a la mesa y el comensal la rompe para comerse el contenido. De modo que vamos a un restaurante muy conocido, donde somos atendidos por el capitán del globo de esta mañana, que me promete curarme de mi miedo a las alturas en mi próximo viaje. Pido el consabido potaje, rompo el ánfora y lo disfruto mucho. No esta nada mal, tiene champiñones y bastante cebolla, pero sigue pareciéndome que la carne con papas de mi casa es más rica.
Damos una última vuelta por el Centrum y nos vamos al hotel. Mañana regresaremos a Istanbul para seguir viaje.

Museo al aire libre de GOREME









Frente a la iglesia de Toklali en Goreme, se encuentra la entrada al Open Air Museum de Goreme. Una visita necesaria si se quiere tener una visión más completa del pueblo y de la región. Capadoccia fue un importantísimo centro cristiano en los siglos II al IV; tres santos originarios de la región (San Basilio, San Gregorio de Nissa y San Gregorio de Nazianulus) dieron un gran empuje a las ideas y doctrinas del cristianismo e implantaron reformas tan importantes como orar en comunidad. Es pues lógico, que Kaiseri y sus pueblos cercanos sean sitio de tantas iglesias católicas.
Las más importantes están ubicadas una muy cerca de la otra, en lo que hoy se conoce como el Museo Al Aire Libre de Goreme. Un parque en el que se pueden visitar 12 o 13 iglesias bizantinas de singular belleza. Solo Dios sabe cuanto he lamentado no tener conmigo una cámara fotográfica, aunque sea para hacer pésimas fotografías.
El paseo comienza en la iglesia de San Basilio, cuyos frescos están muy bien conservados; desde allí se hace un recorrido circular que lo lleva a uno de iglesia en iglesia, por lo mejor del arte bizantino. Las sorpresas son enormes, por ejemplo, los animales mitológicos de la iglesia de Sta Bárbara, la belleza de los frescos en la cúpula de la iglesia de La Manzana o las escenas de santos en la iglesia de San Onofre. Cada pedazo de este museo de arte religioso, en el que la intervención del hombre moderno es casi nula, sirve para entender mejor la importancia histórica de la región y tal vez para darle otro significado al viaje a este pueblo lejano. No es descabellado pensar en la posibilidad de un arranque místico de algún tipo entre tanta belleza. Pero eso es algo que cada uno resuelve a su manera.

(Fotografias cortesia de www.pbase.com/dvidal8/goreme)

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro



Termino la segunda jarra del te de manzana más sabroso que me he tomado y me voy a caminar por la calle principal. De pronto recuerdo que no he conocido el MUSEO AL AIRE LIBRE DE GOREME. Parece un buen momento para acercarme hasta allá. Desde donde estoy tengo que caminar algo más de un kilómetro, lo hago con gusto; en el trayecto repongo energías en uno de los oasis de la carretera. Caminando llego a la iglesia de Tokali, la más antigua de la región.
Al igual que la mayoría de los sitios que ya conocemos, es una iglesia cavada en roca, pero en esta se conservan con fidelidad asombrosa una gran cantidad de frescos que datan del siglo X y XI y que llaman muchísimo la atención porque en ellos predominan los colores azul y rojo. En un nicho completamente diferenciado del resto, me encuentro con una imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (patrona venerada en mi familia) y recuerdo mucho a mi hermana. Salgo de Toklali deslumbrado y con la lágrima a punto y cruzo la calle para entrar al museo.

(La imagén de la Virgen del Perpetuo Socorro está tomada de GOOGLE IMAGES)

Domingo de domingos





Estoy agotado después del largo recorrido de ayer y realmente no creo que tenga ánimos para repetir la experiencia. Hoy he decidido tomarle el pulso a la ciudad en solitario. Rayi y los demás, seguirán escuchando historias, yo prefiero intentar descubrirlas.
Mi día empieza en el Centrum, donde consigo un cojín comodísimo donde tirarme a ver pasar la gente, mientras me tomo un delicioso te de manzana y me fajo a llenar mis libretas. El tiempo transcurre en la calma absoluta de un clima benigno de brisas frescas y sol esplendido. No tengo la menor idea de lo que voy a hacer más tarde, pero no tengo apuro alguno en enterarme.

Este domingo que me regalo en Goreme me tiene completamente feliz.

Una muy buena, que me perdí















A juzgar por la cara de emoción de Rayita y sus expresiones de alegría pura, me he perdido una cosa magnifica. Lo sospeché desde el principio y lo pensé detenidamente, pero me ganó el vértigo. No creo que me atreva a montarme en un globo por encima de estas escarpadas montañas sin hacer un papelón. Los que padecen de vértigo saben lo que estoy diciendo. Pero, de todos modos, he debido pensarlo más. Es la atracción principal de Capadoccia: recorrer, por espacio de una hora al amanecer, las montañas rocosas a bordo de un globo. Según todo el mundo, no se puede uno ir de aquí sin haberlo probado. Pues debo confesar que no tuve valor, compartiré las fotos.
Estaba en la mitad del desayuno cuando Rayi llegó a hacerme compañía en pleno éxtasis volador. Anda exultante, ha cumplido uno de sus sueños. Bravo por ella.
Aunque no es barato, (El precio varía desde 80 hasta 150 Euros por persona y no se debe comprar ni el más barato ni el más caro ya que las diferencias se basan en la experiencia del Capitán del globo) puedo jurar que vale cada centavo ya que, según están contando, es algo como para morir de emoción. Volaron por encima del valle de Goreme, vieron de cerca las chimeneas de las hadas, tocaron las copas de los árboles, miraron una y otra vez los palomares y al bajar se tomaron una copa de Champagne para celebrar el suceso. Prefiero no decir más nada. Hoy me quedaré con la cara emocionada y feliz de mi Rayi. Estoy seguro que algún día reuniré el valor que hoy no tuve para viajar en globo…pero no respondo por mí.

Comer en el Valle de Ilhara





A lo largo del Valle de Ilhara hay dos o tres restaurantes que sirven comida tradicional. El tour incluye almuerzo en uno de ellos, el segundo, cuyo principal atractivo es que las mesas están colocadas al borde del río e incluso dentro del río mismo. Algunos comensales se sientan en mesas cuyas patas están dentro de las tranquilas aguas del río de Melendiz, exotismo al que no me anoto, por cierto. No le veo nada divertido a comer con los pies empapados. Al final nos sentamos en una mesa cualquiera bajo un frondoso árbol y comemos unos pinchos de pollo que están, al menos, un poco condimentados. Las coreanas comparten nuestra mesa y el típico intercambio de preguntas que determinan origen y clase se convierte en nuestro juego del almuerzo.
Vamos a un par de lugares más, entre ellos una famosa fábrica de joyas (estos tours siempre te llevan a algún lugar donde puedas comprar algo, es parte del negocio) que la verdad nos ha dejado indiferentes y en el camino de regreso al hotel, continua la impresionante vista a paisajes preciosos llenos de roca y cavernas.
Es hora de regresar al hotel. Vamos a descansar un rato y comer algo. Mañana será otro día, por hoy, hemos vivido suficientes emociones.

martes, 8 de septiembre de 2009

EL Valle de Ilhara









La siguiente parada contrasta por su apertura y esplèndida naturaleza: El Valle de Ilhara. Un esplendido parque rebosante de naturaleza salvaje, con 14 Kms. de extensión y verdor extraordinario, en el que se esconden unas cuantas iglesias no abiertas al público. No cabe duda que los antiguos habitantes de esta tierra eran fanáticos católicos. Goreme está llena de iglesias que son un banquete para mi avidez Bizantina.
Al entrar en el parque nos detenemos en la iglesia de Agacalti o San Daniel, cuya imagen nos recibe a la puerta. Es una más de las preciosas iglesias del valle, con frescos en muy buen estado, que datan del siglo VI hasta el XIII. La evolución de las pinturas es su atractivo más notable.
Salimos de San Daniel y empezamos a caminar un sendero de 4 Kms. bordeando el río de Melendiz y en un paso del camino, sorteamos los restos de un antiguo terremoto que desmembró algunas paredes y cambio la topografía del lugar.
Paramos a la mitad del camino en lo que se nos antoja un oasis. Mujeres preparando un finísimo pan que rellenan con una mezcla de queso de cabra y papa; entre los cuatro probamos uno y hacemos un alto para descansar. Rayi descubre una venta de sombreros típicos y compramos uno para traer a los hermanos; es divertido: un gorro de tela multicolor del que guindan largas orejeras. Todos posamos para diferentes fotos. Hace un rato que la familia hindú dejó de molestar. Proseguimos el paseo por terrenos que se hacen más escarpados y nos acercamos al sitio del almuerzo, tenemos mucha hambre.

Derinkuyu, una forma de vivir









Situada en la carretera de Nevsehir – Nigde, cerca del pueblo de Nevsehir, la ciudad subterránea de Derinkuyu es, junto a las más de 200 ciudades subterráneas de la región, una de las vistas indispensables de la zona. La única razón para no conocer al menos una de estas ciudades, construidas bajo el suelo escarbando las montañas de toba, es que uno padezca de severos ataques de claustrofobia. De otro modo, seria una tontería perdérsela.
Son, para comenzar por alguna parte, ejemplos insuperables de afán de supervivencia y de vida comunitaria. Derinkuyu, por ejemplo, tiene 85 mts de profundidad y 8 niveles habitables, aunque solo se pueden ver 5 de ellos a una profundidad de 35 mts. En ellos hay dos cocinas, una intrincada red de pasadizos, algunas habitaciones comunitarias, una iglesia, una escuela de grandes dimensiones, las habitaciones de los estudiantes y un establo que cumplía la doble función de vivienda para animales y protección contra el duro frío del invierno. Todo ventilado gracias a un sofisticado pozo que cumple funciones de respiradero. En dos espacios cercanos a la cocina encontramos las vinaterías, estructuras perfectamente diseñadas para elaborar el vino que los habitantes consumían como agua.
Las ciudades subterráneas de Capadoccia fueron tapiadas en los siglos X y XI y permanecieron ocultas hasta 1960 – 1965 cuando, después del descubrimiento de túneles, se destaparon y abrieron al público.
La visita a Derinkuyu nos ha impactado de tal forma que salimos a la superficie con el ánimo liviano y emocionado de los grandes descubrimientos. Rayi ha robado fotos a diestra y siniestra, aprovechando momentos en que nos quedamos solos y podemos librarnos de los saltos y gritos anormales de uno de nuestros compañeros hindúes, a punto de volvernos locos. Es el precio extra de andar en cambote!

Que guarden tus ojos esa imagen







En un recodo del camino nos detenemos. Ezra nos anuncia que podemos bajar a nuestras anchas y permanecer media hora haciendo fotos o lo que queramos. Vamos hasta una especie de mirador que tiene aspecto de terraza de verano, rodeada (es una constante) por tiendas de souvenir. Nos acercamos al borde de la terraza y, sin aviso, son nuestros ojos los que agradecen esta parada. El espectáculo es sobrecogedor. Cientos de montañas se agrupan en las paredes del valle, montándose unas encima de otras hasta formar una abigarrada colmena de palomares gigantes.
En líneas casi perfectas están apareados los colores de la maravilla: Blancos, los cerros que contienen mayor concentración de aluminio. Amarillos, los que se formaron con lava de altos contenidos de azufre. Rojos, lo que almacenan hierro.
En lugares nada previsibles, hoyos, puertas, ventanas e incluso celosías. En algunos de ellos, de pronto, una iglesia da fe del fervor religioso del pueblo bizantino. Aun no hemos visto ninguna iglesia por dentro, pero la sorpresa mayor nos espera a una hora de distancia.

Para romper un hábito, no hay nada como comer bien



El desayuno promete un día de múltiples emociones y la renuncia gustosa a uno de mis hábitos más definitivos: nunca tomo visitas guiadas en un país extranjero. Sencillamente me fastidia montarme en un autobús, rodeado de asiáticos, para mirar por la ventanilla los paisajes, mientras un guía bien intencionado me cuenta lo que aprendió en libros de historia.
En Capadoccia no hay otro remedio; o tal vez si, pero prefiero claudicar. Hay muchas formas de conocer esta región, nosotros optamos por la más cómoda y menos cara: contratamos con una agencia local, un “tour” que nos llevará a los lugares más importantes.
La van nos recoge en el hotel a las 9:30 de la mañana, después de un desayuno sabrosísimo en el que nos hartamos de Tapenade y el mejor pan blanco que he probado en años. Por supuesto, tenemos un grupo de pasajeros coreanos y una adusta pareja de japoneses junto a nosotros, además de una familia hindú que rebosa de todo menos simpatía. Guiados por EZRA, una agradable guía turca que nos recibe hablando un ingles bastante decente, partimos hacia nuestro destino más inmediato: Una mirada panorámica a los valles de Capadoccia.

GOREME al primer vistazo







Después de instalarnos, salimos caminando a descubrir el pueblo. Mañana tomaremos alguna de las múltiples visitas guiadas por los alrededores; hoy, nos vamos de turistas ansiosos.
Al bajar la colina llegamos al Centrum, como llaman los locales a las únicas dos calles donde se concentra la actividad comercial de Goreme. Separadas por el cauce de un pequeño riachuelo, estas dos calles paralelas son el corazón de Goreme. Para pasar de un lado a otro, pequeños puentes cubiertos de lindos tapetes y a ambos lados restaurantes con más o menos la misma oferta de comida turca, tiendas de artesanía y tapetes de cualquier precio y tamaño. Suficiente para darle calor y color al Centrum. Gente de todas nacionalidades andan, al igual que nosotros, caminando arriba y abajo en total despreocupación. De cuando en cuando el canto de las mezquitas cercanas agrega emoción al recorrido.
Al final de la calle principal, un letrero señala la existencia del OPEN AIR MUSEUM a 1 Km. de distancia. Caminamos en esa dirección y nos adentramos en las cavernas. Nada mal para un primer día.

La experiencia de un hotel cueva









El impactante sitio geográfico de Capadoccia es una excusa perfecta para agregarle, al turismo de aventura, ingredientes que lo hacen más excitante en los detalles. La hoteleria es el gran extra de GOREME. Se llaman Cave Hotels, u hoteles cuevas y muchos de ellos están realmente construidos dentro de una cueva. Cuevas que son, en casi todos los casos, continuación de las cavernas que construyeron los turcos dentro de las montañas de lava y ceniza que pueblan los valles centrales de Anatolia.
El nuestro forma parte de un complejo de hoteles cueva, aunque nuestra habitación está dentro de una construcción reciente con paredes de piedra y cemento frisado. Se llama Taskonak Hotel, pertenece a la cadena KELEBEC con tres propiedades en este sector, precios increíblemente buenos y rica comida. Definitivamente la opción más recomendable de la zona.
Tenemos una habitación sencillísima, muy bonita y básica que tiene mucho de “pequeña casa de la pradera” y el desayuno que acaban de invitarnos (incluido en el precio) es opíparo y delicioso.
El descubrimiento de este mundo insólito, está por comenzar.