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lunes, 3 de septiembre de 2012

Ahora, a Bélgica

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Siempre es un poco agridulce salir de París, aunque se tenga previsto y se sepa que servirá de acogida para enlazar destinos y descubrir ciudades. París es un perfecto lugar para partir y volver y no tener tiempo sino para patear sus calles encantadoras y sus pedazos de vida. Tal vez no sea otra cosa que la sensación feliz de vacaciones, que ya llevan varios días de entusiastas planes y felices recorridos; pero tenemos la certeza de estar viviendo días muy felices a pesar del calor intenso.
Mañana saldremos para Bélgica. Vamos a Bruselas, Gante y Brujas, según toda opinión una ciudad hermosa como no hay dos. Tomaremos un tren de alta velocidad, el Thalys, que recorre en poco más de una hora la distancia que nos separa de Bruselas y desde allí seguiremos camino. Esa es la emoción que cierra nuestros ojos esta noche, la que finaliza esta visita a una ciudad amada y siempre fascinante,  París.
 
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Le Grand Arche de La Defense

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Es el más imponente de los edificios en un área imponente por sí misma y constituye uno de los nuevos símbolos de una ciudad que ya posee varios y de todo tipo. Convive, aunque no compite,  con el Arco del Triunfo o la Torre Eiffel y es verdaderamente una de las construcciones más impresionantes de la ciudad.
Revestido de mármol de Carrara blanco y cristales, fue proyectado en 1982 por el danés Otto von Spreckelsen y se terminó en junio de 1989. Son dos torres de 105 metros de altura unidas entre sí por un travesaño superior. El conjunto está emplazado en una imponente escalinata y en el espacio central de la estructura cuelga una escultura, una especie de cortina llamada “Nube” . En su interior salas de conferencia, miradores (cerrados en este momento por problemas con los ascensores) y un famoso museo de la informática. El resto lo ocupan oficinas de gobierno y algunas oficinas privadas.
Este domingo caluroso y muy soleado no le hace honor a lo que verdaderamente es La Defense. Nadie está por ahí e incluso el famoso centro comercial Cuatro Tiempos está medio desierto. No es para menos, los termómetros marcan 40 grados de temperatura y eso no significa otra cosa que calor intenso en una ciudad que no conoce de aires acondicionados.

La Defense

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Si uno se descuida, y no ve más allá de los monumentos con siglos de antigüedad, podría jurar que salvo por los extraños edificios residenciales y galpones comerciales que rodean el trayecto desde el aeropuerto, en Paris, los arquitectos modernos no tienen nada que buscar. Que la ciudad dio todo de sí en un esplendor que almacena siglos, y las moles de vidrio, concreto y acero no caben en su paisaje urbano. Nada más alejado de la realidad. Aunque haga falta ir hasta un sitio determinado a verlos, Paris tiene, en La Defense, uno de los complejos urbanísticos más modernos e interesantes de Europa.
Se trata de un grupo de edificios desplegados en 130 hectáreas alrededor de una inmensa plaza peatonal (que en estos días de intenso calor lo menos que provoca es recorrerla) destinados a alojar transacciones comerciales de todo tipo y construidos desde 1955, en la prolongación del puente de Neuilly. Se destaca por edificios caracterizados por formas geométricas puras y una profusión casi interminable de materiales “modernos” y colores claros. Un gran centro comercial con todos los servicios propios de estos sitios y una súper estación de metro que enlaza el área con todos los servicios de transporte público, completan un espacio urbanístico extraordinario presidido por el Grand Arche de La Defense.
 
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El Eliseo

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Posiblemente, muchas de las decisiones que más afectan el desarrollo del mundo occidental en términos económicos y políticos, sino se toman allí, por lo menos se discuten. Lo hemos visto en muchas ocasiones sirviendo de marco a anuncios peocupantes, esperanzadores y hasta frívolos y su nombre resuena en nuestros oídos con familiaridad de amigos.
Es el Palacio del Eliseo, residencia de los Presidentes de Francia y muy resguardada sede del poder ejecutivo. El conjunto de edificios ocupa, por lo menos, un par de cuadras que arrancan al lado del famoso Hotel de Crillon y en sus cercanías algunos edificios no menos ilustres, dan brillo al vecindario. A solo pocas cuadras de La Madeleine, el Palace Bourbon y la Rue de Fabourg Saint Honore, las altas verjas y la seguridad desmedida del Palacio sólo permiten espacio para la imaginación. Desde nuestro sitio de espectadores intrusos, en realidad no se ve nada. Nada de nada. Salvo una fachada que se me antojó la “puerta de atrás” custodiada por un par de soldaditos de plomo y demasiado a la mano como para significar algo distinto a eso: Una fachada más del Palacio que sirvió de residencia a Carolina Bonaparte, a la Emperatriz Josefina y a la mismísima Carla Bruni en tiempos más actuales.

La Madeleine

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Puede que sea una de las iglesias más bonitas del planeta. También uno de los muchos símbolos de una ciudad llena de edificios hermosos. Es la Iglesia de Santa María Magdalena, conocida por todo el mundo como LA MADELEINE, construida inicialmente como monumento a la Armada por Napoleón,  en 1806.
8 años más tarde fue convertida en Iglesia bajo la advocación de Santa María Magdalena. Es un templo griego clásico: amplio basamento con columnata de 52 columnas de 20 metros de altura, en el frente un gran relieve realizado por Lemaire en 1834, que representa el juicio universal. Desde la Madeleine, una iglesia que a pesar del bullicio de las hordas de turistas, funciona como templo de oración y cumple un horario regular de misas, se abre la increíble perspectiva de la Rue Royale, una corta y muy lujosa avenida que se cierra al otro extremo con el Palais Bourbon.
Si, no tengo duda, es una de las visiones más impactantes que pueda tenerse. Cosas que tiene esta ciudad pensada por la belleza y para la belleza.
 
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Place des Vosges

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Hablando de direcciones prestigiosas, al parecer, todas parecen reducirse, en los albores del siglo XXI,  a un pedazo cuadrado de uno de los barrios más populares (y poco ortodoxos) de la ciudad, que se conoce como Place des Vosges.
Es una plaza, muy bonita por cierto, con fuentes ornamentales y espacios para tumbarse en la grama a escuchar el canto de los pájaros, ni más ni menos. Pero, esa plaza tan bonita de Les Marais, está rodeada por antiguos palacios de ladrillos rojos, hoy convertidos en residencias de alta gama donde, entre otros, esconde sus desvergüenzas el mismísimo Dominique Strass Kahn; si, el mismo director del Fondo Monetario Internacional que pudo haber sido presidente de Francia, pero perdió ese boche por bragueta caliente y llenó de oprobio los titulares de la prensa del mundo.
El resto de las vecindades no son menos lustrosas, aunque si menos escandalosas. Un par de magnates de la “fructífera” prensa del corazón, comparten puerta y algunos médicos de prestigio se asoman a sus balaustradas.
Nosotros, empobrecida clase media tenemos que ver, no sin levantar la ceja, el anuncio de un apartamento de 65 metros cuadrados por casi dos millones de euros. Es lo que tiene el que nace con posibles, en Paris.

Avenue Foch

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Quizás sea una concesión a la nostalgia. Quizás un cuento muchas veces repetido; pero, La Avenida Foch de París,  es uno de esos lugares que sólo por historia justifica una visita. Tal vez ya no lo es tanto, pero en la primera mitad del siglo XX, era la dirección más privilegiada de París. El enclave de las grandes fortunas y el lugar donde paseaban su arrogancia millonarios, poderosos, reyes, príncipes y princesas de todo el mundo.
Algunos vecinos ilustres llenaron esta calle con su cotidianidad. En el número 50 vivía Aristóteles Onassis en un apartamento de 600 metros cuadrados,  que fue motivo de amargo litigio entre su viuda, la inefable Jackie y su hija, Cristina. Jackie finalmente lo obtuvo y lo vendió en poco más de 3 millones de dólares para sumarle a los 26 que Ari tuvo a bien dejarle. Un poco más adelante, varios edificios albergaban, en apartamentos vecinos a  la familia real de Mónaco, Grace la malograda Princesa a la cabeza, quien habría encontrado en “su” apartamento privado, convertido en nido de amor a sus espaldas, a su jovencísima hija princesa, en brazos de aquel famoso playboy de apellido Junot con quien hubo de desposarse para callar las malas lenguas.
Un poco más allá, La Doña, María Félix, la mujer que cautivó al mundo con su fuerza y su belleza, compartía vecindades con el Aga Khan y la Begum Salima y los bolivianos Antenor e Isabel Patiño, dueños de todo el estaño del mundo.
Para casi todo el mundo no es más que una avenida, de las doce que se abren a partir del Arco De Triunfo y se enlazan con el Fabourg Saint Honore, por ejemplo, para darle lustre. Para otros, sin embargo, es el sitio donde algunos protagonistas han cambiado el mundo,  sin mover más músculos que los necesarios para dar una orden o pasear el perro.

Las Playas de París

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Fue una casualidad. No sabía nada de este proyecto del Ayuntamiento de la Ciudad y no me habría enterado,  si no me hubiera perdido buscando una calle en Chatelet. Lo creamos o no, Paris ahora tiene playas en Verano o al menos, para ser exactos, tiene espacios donde tomar el sol y refrescarse bajo duchas que pulverizan agua o permiten empaparse a su antojo.
Es el proyecto de Las Playas de Paris, espacios ganados a las orillas del Rio Sena, cubiertos con arena, equipados con duchas y baños, apertrechados de “chiringuitos” para helados, refrescos y alguna bala fría y el mejor ambiente que se pueda uno imaginar. Funcionan gratuitamente durante el verano y son un verdadero hallazgo. Yo creo haber pasado una de mis mejores tardes de Agosto soportando el terrible calor entre las arenas de las Playas de Paris, allí mismo en Chatelet, detrás de la Concergerie.
 
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Volver al Palais Royal

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París, todos lo sabemos, está llena de jardines, parques y espacios para el relax que son muy utilizados por sus pobladores y sus visitantes. Los parques de Paris, son lugares de encuentro, sitios para largas y profundas conversaciones entre amigos, rincones para el frívolo chismorreo de las madames Parisinas o simples lugares de paso donde comer un sándwich y tomar un refresco en la prisa del mediodía ocupado.
De entre todos, yo siempre escojo el Jardín del Palais Royal, un pequeño reducto de paz y buen clima, en el centro de Paris (a metros del Louvre) donde la vida trasciende el momento turístico de tener un lugar más que visitar.
Es mi rincón favorito de la ciudad y vuelvo allí cuantas veces puedo. Siempre es una buena noticia saber que me espera.
 
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Lujo por metros

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Entre las cosas que realmente impactan de París es la espectacularidad de su planta física. La mayoría de los grandes sitios de la ciudad están precedidos por amplias avenidas, bellos jardines y vistas que, la mayoría de las veces, dejan a uno sin habla.
Eso se cumple, cabalmente, en el bellísimo pedazo de ciudad que es la muy famosa Place Vendome y sus fastuosos alrededores. Se dice que es el lugar más lujoso del mundo y después de verlo la verdad es que posiblemente no quedae duda de que lo es. Sorprendentemente limpia y clara, la plaza, con esa estupenda columna Napoleónica en el medio es, desde el Segundo Imperio, un sinónimo de vanidad y magia: Los más famosos joyeros y sus creaciones más exquisitas parecen hablar desde ese círculo privilegiado, flanqueado por el edificio del Ministerio de Justicia y el exclusivo Hotel Ritz. Dior, las famosas perlas negras de Mikimoto, Van Cleef & Arpels, Chanel Joyería, Bulgari, Bucellati, ocupan los espacios que circundan la plaza a la que se accede por la famosa Rue de la Paix, la calle en la que además, está ubicada la tienda de Cartier en Paris – Cartier, un joyero de reyes y sin duda, el rey de los joyeros, según palabras de Eduardo VII - Uno de los rincones más historiados del mundo: en la casa Cartier de Rue de La Paix se han fabricado joyas que definieron épocas y entraron a la historia de la mano de sus afortunadas poseedoras, pero también se han negociado prestigios y se han puesto a salvo nombres. Esa casa, memorable e histórica, sigue allí, desafiando los adelantos de la tecnología y sirviendo nuevas generaciones de millonarios que son recibidos a la puerta por mozos de librea y guardaespaldas de discretísimo bajo perfil. En los escaparates, los diamantes dejan constancia de un lujo que se cuenta por siglos y es imperturbable.
 
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