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miércoles, 19 de septiembre de 2012

A las afueras de la metrópoli

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Esa súper ciudad que es Ámsterdam, (que por cierto no es tan grandota ni tan complicada) empieza a darnos permiso para reducir el trote cosmopolita y buscar la forma de llegar a dos pueblos cercanos, famosos en el circuito turístico por ser representativos de la vida de pescadores, el estupendo negocio de los quesos y la Holanda profunda.
No hay que ser Ingeniero de NASA para descubrir el camino: Basta con atravesar la estación central, salir por la parte trasera y enlazarse con otra estación, la de autobuses (una impresionante estructura recién construida). Allí se toma un autobús por el que pagamos un ticket con valor de 10 euros que cubre todos los traslados que queramos hacer durante el día.
Así de simple. Llega el autobús, nos montamos y ponemos destino a Edam con una parada previa en Volendam. Vamos a ver si conseguimos atiborrarnos de queso.
 
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Prestidigitadores de una estafa

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La primera que los vio fue Rayi. Llegábamos a la Plaza Dam para esperar el resto de nuestro equipo, y de pronto, ella me agitó la mano en señal de que tenía que mirar hacia alguna cosa completamente fuera de lo normal. Suele ser uno de los momentos divertidísimos de nuestros viajes: Cuando Rayita se emociona por algo que ve inesperadamente, lo hace con tanta alegría que provoca mucho seguirle el juego.
Y la verdad es que se trataba de algo muy inusual. Un par de muchachos, de claro aspecto euroasiático, vestidos con cualquier disfraz parecido a eso, se enfrentaban al sol de mediodía, en un trance de meditación cuyo punto álgido indicaba la levitación de uno de los dos. Apoyado en el mango de una espada dorada (tal como uno se imagina que ellos andan por el mundo) el segundo de los muchachos se sostenía en el aire por obra y gracia del Espíritu Santo y de su propio poder mental.
Estaban rodeados por un buen grupo de gente, algunos dejaban algunas monedas en un recipiente que tenían para eso, algunos – como yo – dábamos vueltas alrededor para tratar de descubrir el truco. Un niño de unos 4 o 5 años de edad, se plantó a hacerles susticos y carantoñas. Nada, absolutamente nada los alteraba. El muchacho de abajo, sostenía la pesada espada y estaba sentado en posición de meditación y el de arriba, en la misma posición, se sostenía “milagrosamente” en el aire.
De pronto algunos españoles comenzaron a comentar en voz baja el secreto, pero nosotros seguíamos pensando que podía ser cosa de gente superior. Un poco más tarde, Liliana nos bajó de la nube, ella había vivido su momento de éxtasis meditativo en España recientemente: se trata de un complicado mecanismo de asientos y tubos de apoyo que van por dentro de las vestiduras de los “prestidigitadores” y permiten la rigidez de sus cuerpos y su suspensión en el aire. Lo confirmó el hecho de que,  a los pocos minutos, llegó un “ayudante” cubrió el área con unas cortinas negras y ayudó a los dos a desvestirse y bajar a la tierra, sin que pudieran ser vistos y sin que nadie, por ninguna razón, pudiera mirar hacia adentro de una bolsa negra en la que habían quedado las ropas de ambos. Yo me sentí realmente estafado, pero no puedo evitar pensar que como imagen es de lo más interesante, aunque hemos debido captarlo más rápido; antes de regalarles dos euros de buen incauto.

El Reino de las Bicis

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Yendo a bordo del tranvía, alcanzo a escuchar la conversación entre dos españolas: al parecer, ellas, tan turistas como nosotros, intentaban descubrir cierta ruta que se les hacia esquiva. Una de las dos, dijo a la otra,  - ¿Y cómo se irá hasta allá? - A lo que su amiga respondió: - Pues en Bici, como van a todas partes -
No pude evitar la sonrisa delatora, porque lo que esta mujer decía era auténticamente cierto: La primera cosa que conviene tener en Ámsterdam para integrarse a ese paisaje, es una bicicleta. Es cierto que parece una moda extendida cada vez más por Europa, pero aquí, me parece que se trata de una necesidad auto impuesta o alguna cosa difícil de entender. En Ámsterdam no hay tráfico automotor, en Ámsterdam hay tráfico bicimotor o de piernas. Aquí la cosa es andar en bicicleta a todas partes y la ciudad está preparada para eso tanto como puede. Todas las barandas son estacionamientos improvisados, en todos los cafés hay espacio para la bici y toda la ciudad está cruzada por ciclovias; llegan a tanto que si uno va en el tranvía y ocupa un espacio de los marcados para pasajeros con bicis, tendrá que apartarse y dar el puesto obligatoriamente, si entra alguna persona con una bicicleta (que entrará, eso seguro)
Son el medio de transporte por excelencia, las alquilan en todas partes y vas en ellas a todos sitios. Son tantas y tantas, que casi ocasionan un problema de congestionamiento en las calles principales y llegan a ser muy fastidiosas; pero,  al menos no hacen ruido.
 
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Las mujeres de la vida…

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Nunca he creído en la historia de la pobre puta maltratada y triste. No niego que existan y me parece todo un problema social de inmensa gravedad, pero también siento que eso pertenece a un sub mundo propio de países como el nuestro, o los mas retorcidos villorrios asiáticos. Esa no es la prostitución que se muestra en Europa, y muchísimo menos, en Ámsterdam, donde han logrado convertir a la puta de la calle, en una versión casi sofisticada de la anfitriona del país.
Una anfitriona que viene de todas partes del mundo, no se le critica a voz alzada y poco a poco va amalgamándose en el paisaje urbano de una ciudad que ofrece tanto como tanto le pidan. Es lo que es, para nadie es un escándalo y me pareció que, para los holandeses, no es más que un sitio al que se podría ir alguna tarde, si los turistas lo permiten.
Las hay de todos los colores, sabores y formas. En una esquina, una negra regordeta, mayor de 50 años exhibe sus carnes bajo un ajustado y horrible conjuntico de falda y sostén blanco; casi al frente una señora, de unos 38 años, abre y cierra sus piernas con picardía para mostrar que bajo el austero vestido camisero negro, no hay ropa interior alguna. Más allá una jovencísima estudiante de algo, revisa cuadernos enfundada en un jean y una camiseta rosada muy holgada para la gracia. En la siguiente cuadra un mujeron, operada de pies a cabeza, cubiertos sus pezones y su entrepierna por un micro pedacito de tela negra, se contorsiona para enseñar un cuerpo perfecto y una tez demasiado bronceada, mientras que, puerta de por medio, una anciana con tetas que llegan literalmente más abajo del ombligo, restriega sus carnes ajadas con decenas de perlas plásticas.
Pagan entre 80 y 120 euros diarios por el alquiler del cubículo y ejercen su oficio tantas horas como les provoque. El único documento que les exigen para ello es un pasaporte vigente de la Comunidad Europea. En apariencia, no tienen a nadie que las controle y casi nunca mezclan sexo con placeres de otro tipo. Diseminadas aquí y allá, algunas transformistas exhiben el encanto de ambos mundos y entre esas cortinas rojas tan famosas, de vez en cuando se cuela una bandera de arco iris.
Yo recuerdo que, en mi época, la zona de las putas se llamaba zona de tolerancia, una palabra que de tanto señalar un pecado, se había convertido en mala. Quieren los tiempos que empecemos a despojar la tolerancia de su significado pecaminoso y entendamos que, si hemos decidido que una buena parte de lo que nos define como personas - fuera de lo que somos realmente como gente - es lo que hacemos con nuestros cuerpos y nuestro sexo; en alguna parte habría que dejarse de tonterías y tener espacios para ejercitar la convivencia, sin que suenen las alarmas de una patrulla policial o el sordo ruido de un tiro bien ganado.
Total, se trata sólo de sexo…ahí nadie anda buscando otra cosa; robarse una foto, probablemente.
 
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The Red Light District


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Incluso los que jamás han estado ni cerca de Ámsterdam saben perfectamente de su existencia. Es un lugar tan publicitado y simbólico como La Capilla Sixtina en Roma, o La Torre Eiffel en Paris y es el mayor reclamo turístico de la ciudad: El Red Light District o para decirlo pronto y sin penas, el barrio de las putas. He conocido historias de gente que ha pasado tres días en Ámsterdam sin salir de allí;  lo que nunca he conocido es alguien que haya dejado de visitarlo. Lo dicho: Junto a la marihuana, hay muchísima gente para quienes no hay otra razón para ir a Ámsterdam (y es una pena, pero bueno… ¿qué se le va a hacer?)
A la izquierda de la Plaza Dam y después de una rápida pasada por lo que podría ser el barrio Chino, las calles empiezan a ponerse un poco más intrincadas y discretas,  y las puertas de vidrio con marco blanco y cortina roja empiezan a aparecer. A su alrededor toda clase de hombres buscan o curiosean un poco en el mundillo del sexo por dinero. Tras los vidrios de las puertas, mujeres de todo tipo, de cualquier edad y de cualquier aspecto, están dispuestas a satisfacer los deseos del cliente, después de una rápida negociación a las puertas del cubículo que ocupan por algunas horas al día.
El sistema parece ser muy conveniente. Durante cuadras y cuadras, en cuarticos que más bien parecen escaparates se exhiben ellas. Muy ligeras de ropa, pero vestidas (bueno….tapadas las vergüenzas, habría que decir) y con el mobiliario indispensable,; las mujeres muestran su mercancía - que no siempre está en buen estado – y de vez en cuando alguno de los paseantes se detiene, entra al cubículo y entonces la Luz Roja se apaga y la cortina, también roja, se corre.
Sorprenden las edades, (llegué a ver señoras que aparentaban una septena de años y niñas que apenas cruzaban los dieciocho) y la absoluta protección que reciben. Está terminantemente prohibido hacerles fotografías (el que va preso es el que hace la foto) y algunas estrictas leyes las protegen de los chulos y de los que quieren dárselas de vivos. Confundidos entre ese gentío, algunos transformistas también ofrecen sus servicios y algunos, muy pocos, hombres, también reclaman lo suyo. Es la zona de tolerancia por excelencia, y nunca mejor dicho. Es el gran burdel, sin botellazos de puta ni escándalos de otro tipo. Mujeres a la venta y hombres que las adquieren por unos minutos; es decir, el oficio más antiguo del mundo convertido en atracción turística.
 
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A fumar…

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Hay dos cosas que están íntimamente ligadas a Ámsterdam, aparecen en todas la guías, son reclamo turístico en todas las páginas web y se habla de ello sin parar en todos los foros. Parece que realmente sea la razón por la que mucha gente se aventura hasta allá e identifica a la ciudad más que otra cosa: La Marihuana y las Putas. De ambas cosas nos ocuparemos debidamente.
Empecemos por la marihuana (y el Hachís y las cosas más duras): el consumo de marihuana y Hachís es legal en los sitios señalados para ello, su venta es legal para consumo personal y su tenencia si no se trata de un sembradío, es legal. Nada, es decir, que los porros son legales de todas, todas. Ahora bien: No es tan folklórico, aunque eso hace que la ciudad huela un poco a marihuana por todas partes y la gente sea bastante desinhibida a la hora de prepararse un tabaco, hay ciertas limitaciones que me parece que no se respetan mucho. Primero: todos, todavía, pueden fumarse una lumpia, en lo que se conoce como Coffe Shops, especie de cafeterías de Hippies, que están regadas por toda la ciudad pero abundan en las cercanías del centro y donde puedes comprar lo que quieres consumir. Sin embargo no deberían hacerlo en las calles entre los transeúntes. Una cierta legislación, bastante impopular, está tratando de impedir que los turistas puedan disfrutar de ese beneficio, pero hasta ahora sólo lo ha logrado en las ciudades fronterizas con Bélgica. En barrios más liberales (cercanías del red light district) el tema es bastante público y nos llama la atención a nosotros que siempre hemos considerado la Marihuana como una droga que merece ser libre de toda persecución.  Cosa en la que estamos de acuerdo, por cierto. Las cosas más duras (los químicos) están tan prohibidos como en cualquier parte, pero creo que nadie hace cumplir esas leyes. No es que se consuman libremente, es que te advierten en todas las esquinas que eso es asunto tuyo, y puedes terminar mal por andar inventando.
De todos modos, circula todo lo que uno quiera, es menos complicado de lo que todo el mundo piensa y no hay inhibición alguna. Simplemente los Holandeses no se esconden para casi nada.

Rembrandt Plein

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No hay duda de que Rembrandt, el gran maestro del Arte Barroco Holandés es,  con gran diferencia, el maestro de los maestros para la cultura de los Países Bajos. Y eso puede notarse con bastante facilidad en el recorrido que venimos haciendo. Existe la casa de Rembrandt - que no pudimos ir a conocer - y un cuantioso legado que no estuvo a nuestra disposición debido a los trabajos del Rijksmuseum.
Y existe también la Rembrandt Plein o plaza de Rembrandt que es el segundo sitio de reunión por excelencia de los jóvenes habitantes de la ciudad. (El primero es Dam) y es casi escenario obligado de cuanto cantante o guitarrista callejero, prueba suerte en las noches de verano. Es más, a nuestra visita a la Rembrandt Plein, la acompañó un cantante de lo más correcto a quien disfrutamos en ese improvisado concierto. Alrededor, los mejores pubs de la ciudad y según dicen algunos, la mejor marihuana y Hashis.
Muy apropiado para el pobre de Rembrandt y su vida desatenta.

El Palacio Real de Ámsterdam

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Está ahí, al frente de Dam Square, a mí me pareció un poco como medio abandonadito (aunque solo son ideas mías) y es de todas formas tan impactante y grandote como cualquier Palacio que se precie o todavía más.
Lo que pasa es que el tiempo quiso que a sus constructores les saliera el roto por el descosido y hoy lo paga la ciudad. Se empezó a construir en 1648 y su construcción duró hasta 1665, pues había que dotar a la ciudad con una sede para su ayuntamiento que estuviera a la mano con su importante desarrollo comercial. No se construyó para alojar reyes o cortes, aunque terminó en eso. De estilo bastante austero por fuera, el edifico se asienta sobre 13 659 pilotes de madera, y no tiene una sola gran puerta de entrada, sino que  se ingresa a través de siete sencillos arcos al nivel de la acera, sin escalera, para reforzar la idea de que el ayuntamiento era accesible a todos. Está recubierto de una piedra amarilla muy particular, de procedencia alemana, considerada en su momento como el material más noble que podía encontrarse. La nobleza de ese material ha durado poco: con el paso de los siglos la piedra se ha oscurecido hasta el punto que es imposible devolverle su color original y el palacio parece manchado, para mortificación de la Corona Neerlandesa que quisiera tener una sede de prestancia en Ámsterdam.
La tiene de todos modos, obviando pequeños problemas de apariencia. El Palacio Real sirvió de residencia a algunos emperadores y reyes, el ultimo,  Guillermo de Orange,  y en la actualidad aloja ceremonias de la corte, eventos muy especiales, visitas de estado y recepciones de la Reina.

Dam Square

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Otra vez, una plaza que sirve como centro neurálgico de toda la actividad de una ciudad que tiene mucha actividad y mucha juventud en sus calles: La DAM SQUARE, la más importante plaza de Ámsterdam y realmente, no la más bonita. Solo la más viva.
Sigue de algún modo el patrón tradicional. En un costado el Palacio Real de Ámsterdam, una de las catedrales de la ciudad y varios palacios convertidos en tiendas o centros comerciales. Alrededor, numerosas atracciones (el Museo de Cera de Madame Tussaud, destaca) Mc Donalds,  por supuesto, y un espacio muerto donde cada músico, mago, payaso o saltimbanqui de la ciudad monta su show para atrapar turistas incautos y ganarse algunos euros.
Mucha gente, eso sí, y mucha juventud buscando que hacer para empezar a pasar la noche o el día caluroso del verano. De frente, todos los hoteles de la ciudad o los más conocidos y, un poco a la izquierda, el camino hacia el Red Ligth District (muy cerca) y la perdición.
Dam Square, el principio y el final de todo lo divertido y rumboso.
 
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Ir a Amsterdam y no ver el Rijksmuseum

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No parece propio de mi, que a riesgo de parecer un “cursilón que se las da de culto” no pelo Museo en ninguna ciudad que entro. Pero es verdad, no fui al Rijksmuseum y tengo una explicación: el RijksMuseum, o el museo más importante de Holanda, (contiene las más valiosas colecciones de arte flamenco del mundo. Según dicen, no hay igual cantidad de Rembrandt en el mundo entero y los Vermer y otras exquisiteces, abundan hasta dejar al turista con ganas de cometer un asalto) está cerrado parcialmente. El gobierno ha decidido acometer una súper restauración del edificio, que no estará terminada hasta Octubre de 2013. Puede notarse, el edificio de ladrillos rojos que está casi enfrente del museo Van Gogh está cubierto por andamios y trabajadores esforzados.
Eso significa que el RijksMuseum no es una visita satisfactoria, por ahora, La mayoría de las grandes obras han sido puestas a buen resguardo y las cosas que pueden verse están apurruñadas en un solo piso.
Si no es posible ver ni un solo Rembrandt (eso nos lo aseguraron) ni descubrir por qué los Neerlandeses fueron tan importantes en las artes del mundo, realmente la pregunta es, si vale le pena pagar los 14 euros de la entrada.

lunes, 17 de septiembre de 2012

De Picnic en la explanada…

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Uno de los parques más bonitos lo hemos encontrado justo al lado del Museo al salir: El Museum Explanade. Resulta que los Museos de Ámsterdam están todos ubicados muy cerca unos de otros (o los que realmente cuentan) y como para mantener algo que los una un poco más, ellos se inventaron un espacio verde absolutamente divino, donde decidimos tumbarnos por un rato a hacer el verdadero picnic del verano.
Antes, hemos ido a un AB (supermercados de allá) justo en la esquina del museo, a comprar sándwiches, ensaladas, dulcitos y helados y, lo que hemos gozado probando cositas de supermercado que estaban buenas pero no tanto, o sencillamente eran incomibles, ha sido realmente grandioso.

Museo Van Gogh

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Yo creo que es la visita que me dio por pagado el viaje. Imagínense lo que es, entrar a un edificio en donde 4 de sus cinco pisos están cubiertos por obras de Vincent Van Gogh y el que falta, por casi lo mejor de sus contemporáneos.
Ese es el Museo Van Gogh, de entre todos, uno de los más importantes museos de Ámsterdam y uno de sus grandes reclamos turísticos. Un edificio muy moderno, de reciente construcción, ideado para proteger y salvaguardar la obra pictórica de uno de sus hijos más dilectos y la historia,  a través de la suya, de un buen pedazo de las artes universales.
Es literalmente un disfrute estupendo: pero es muy estricto. No pueden hacerse fotografías (se deja la cámara junto a todas las pertenencias personales en un locker) no puedes correr dentro de las instalaciones y te revisan exhaustivamente cada vez que te acercas a la puerta aunque sea solo para tomar agua. Supongo que sean cosas del terrorismo de nuestros días y la obsesión por la seguridad y los iconoclastas.
Que no importa realmente, aunque Los Girasoles continúa en Londres y allá se quedará, hay que recorrerlo de punta a punta y no desesperar por el continuo escrutinio; después, en la tienda puedes hasta comprar agua Van Gogh y traerte para tu casa un mini museo de embustes que cuesta un ojo y es divino….
 
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