miércoles, 17 de octubre de 2012

Tierra de nadie

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Osman Kalin nació en Anatolie, Turquia. A los 19 años emigró a Alemania. La guerra había terminado y sus posibilidades de conseguir trabajo y mejorar su vida eran tan reales para él como para muchos otros de sus paisanos. Se arriesgó, se instaló en Kreuzberg (¿Dónde si no?) y desde allí comenzó a prepararse para volver algún día a su añorada patria. Pasando el tiempo, en algún momento, descubrió que su barrio y su casa habían sido divididos en dos mitades por un pedazo de pared cuya utilidad era difícil de entender. Todos los días se acercaba tanto como se lo permitían y veía el muro. Escudriñaba sus rincones y sentía inútil su existencia.
Desde su casa, buscando quizás una explicación, alcanzó a divisar un cercano pedazo de tierra yerma, en una esquina del muro que habían dejado sin cerrar. Fue hasta el guardia y preguntó quién era dueño de esa tierra, una pequeña parcela de 500 metros. Tierra de nadie, fue la respuesta que obtuvo. Preguntó muchas veces más, muchos días más y siempre obtuvo la misma respuesta: Tierra de nadie.
Era cierto. Al construir el muro, los ingenieros intentaron simplificar el trabajo levantando la pared en un trayecto más o menos limpio y fácil. Ese pedazo de tierra obstaculizaba ese diseño, de modo que lo dejaron por fuera, burocráticamente. Ninguna de las dos Berlines podía reclamarlo como suyo.
Osman pensó que mejor sería darle algún provecho a esa tierra y un día, sin que nadie se lo impidiera, empezó a plantar lechugas. Más tarde, espárragos, luego algunas otras plantas de su tierra. Durante años, Osman dedicó sus mejores esfuerzos a mantener impecable un huerto del que se beneficiaba él y su familia. Así las cosas, un día comenzó la construcción de una “casita en el árbol” para que le sirviera de refugio los fines de semana (la hizo a punta de almacenar maderas viejas y otros materiales) y poco a poco ese huerto, ese pedazo de tierra yerma que era de nadie, se le hizo indispensable a su corazón.
La vida al mismo tiempo le iba bien, y Osman, encadenado a su lejana Anatolia, comenzó a pasar los duros inviernos alemanes en una estupenda casa que había construido en el pueblo en que había nacido. Cuando lo hacía dejaba el cuidado del huerto en manos de uno de sus grandes amigos. ¿Era perfecta la vida? para el sí.
Entonces cayó el muro. Se descubrieron rincones que los alemanes nunca habían visto o tenían olvidados y la tierra, esa posesión maravillosa, empezó a tener dueños: gente que estaba dispuesta a lo que fuera por reclamar la propiedad de lo que habían tenido “antes”.
Osman quiso reclamar la propiedad de su huerto. Su amigo también. Entonces se armó la marimorena: Aunque la tierra pertenecía a una iglesia cercana que estaba dispuesta a legalizar la tenencia de la parcela a favor de quienes la habían cuidado y cultivado durante tantos años, eran ellos dos los que habían puesto fin a su amistad de muchos años, exigiéndose uno al otro la propiedad de la insignificante parcela. No por su valor comercial, sino en reconocimiento al esfuerzo que ambos habían hecho para restituirle la vida.
Han pasado algunos años. La guerra fría ha terminado. Ambos parceleros han envejecido y aun son enemigos: el huerto de Osman es el único pedazo de tierra urbana que hoy, en Berlín, continúa dividida en dos porciones. Ni Osman pasa para el lado que su amigo reclama como suyo, ni el amigo hace otro tanto. Así mantienen una frágil paz. Mientras, las familias de ambos, hermanadas por la costumbre de muchos años, se sientan en las afueras del huerto a reír de la testarudez de este par de ancianos y venderles refrescos fríos a los paseantes.
La guerra no ha terminado para ellos. El muro de Berlín es una división hecha con alambre de gallinero, en la mitad aproximada del terreno. Los hijos de ambos quisieran arreglar las diferencias y apelan a una reedición de Gorbachov y Reagan. No parece posible. Entre tanto, el huerto de Osman empieza a ser un atractivo turístico y, poco a poco, se incluye en las guías y en los recorridos de Kreuzberg y Mitte. Dos barrios de un Berlín autentico y maravilloso.

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