miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un museo para Botero

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Quizás sea uno de los más grandes artistas latinoamericanos de finales del siglo XX e inicios del XXI. No lo sé, lo imagino, pero ese tipo de cosas suele arreglarlas la historia y no sé si veremos a Don Fernando puesto en su lugar entre los grandes. A mí me basta con saber que es uno de mis súper favoritos. En mis tiempos de Caracas iba al MACSI, por horas, a contemplar La Putica, una obra que estaba al pie de una escalera divinamente puesta e iluminada.
Pues bien, resulta que Fernando Botero, ese gran pintor y escultor es colombiano, de Medellín para ser más exactos y su obra está bastante relacionada con su tierra aunque no es localista. Digamos que está relacionada emocionalmente, o no hay otra forma de comprender el jardín de esculturas que donó a Medellín (entre otras cosas) y el estupendo museo que alberga su colección donada a Bogotá. Son 209 obras, 198 de él y el resto de algunos de sus amigos (grandes nombres por cierto) que Botero regaló a la ciudad de Bogotá, con algunas condiciones entre las que destacan que la entrada a la exhibición TENÍA que ser gratis y que la ciudad o el estado colombiano tenía que proporcionar un espacio idóneo para la permanente exposición de su donación en perfecto estado.
Ambas cosas se cumplen con creces. El Banco de la Republica (equivalente al Banco Central de Colombia) recipiendario y garante de la colección, se ha disparado unos espacios para albergarla y le ha hecho el homenaje de una museología que, mejor dicho….que cosa tan divina ala!!! Es un museo en toda regla donde pueden verse obras de todos los periodos del gran Botero, tanto en oleos, dibujos como esculturas. Verdaderamente un regalo visual que agradecen los bogotanos. Ese día que fuimos, estaba repleto de gente que recorría la exposición con mucho interés y realmente eran personas de todo “estrato” gozándose su cosa. Es una maravilla.
 
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sábado, 1 de diciembre de 2012

El Centro neurálgico del poder

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Colombianos las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad.
Francisco de Paula Santander
 
Caminar los alrededores de la Plaza de Bolívar o mejor dicho, caminar por las calles que forman el Centro de Bogotá, en realidad es contemplar  edificios, palacios y antiquísimas construcciones que rebosan tanta historia, como en cualquier país del mundo, cualquier palacio que haya conocido de poderosos y poderes. Lo que sucede, o al menos lo que me sucedió a mí, es que parte de esa historia es tan terriblemente dolorosa, tan  reciente y tan extraordinariamente aleccionadora, que uno no puede más que preguntarse ¿cómo se puede volver a vivir bien, después de tanto dolor?
El Capitolio Nacional, la Catedral Primada de Colombia, la Casa del Cabildo Eclesiástico, la Capilla del Sagrario y el Palacio Arzobispal, el Palacio Liévano, sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá y el Palacio de Justicia, rodean la Plaza de Bolívar. Detrás del Palacio de Justicia, y medio escondido, se encuentra el Palacio de Nariño (sede de la Presidencia de la Republica) y un poco más allá el Teatro Colón, la sede de la Cancillería y El Banco de la República.
Pues bien, la historia republicana de Colombia, escrita en cada uno de estos edificios, está también, en estos mismos edificios, manchada por el horror de la violencia, ensañada contra la ciudad hasta hace no mucho tiempo. Basta con recordar el incendio que acabó con el Palacio de Justicia, después del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, o el más reciente y oprobioso ataque que el M-19 perpetró contra el mismo edificio el 6 de Noviembre de 1985, en donde murieron 98 personas. Algunos terremotos, algunas revueltas menores y enfrentamientos que han amenazado la casa de Nariño y la convivencia pacífica de los colombianos, están desgraciadamente escritos en la historia de esa hermosa cuadra. Por eso es difícil que uno no deje de  impresionarse con como se ha restituido la belleza, la que va mas allá de la arquitectura, la de una gente que se dirige a uno con amabilidad y decencia. La de las sonrisas. La de una gente que está dispuesta a muchas cosas para vivir realmente en paz y parece estar lográndolo.
 
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La Catedral primada

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De entre las cosas que me gusta rescatar de los viajes por Latinoamérica, hay una en particular que me emociona; que me emociona siempre y mucho: nuestras iglesias, no importa lo antiguas, no importa lo recargadas, no importa su ubicación o su estado de conservación, son sitios vivos. Lugares donde feligreses de toda clase social escuchan misa, se postran en oración, pagan promesas, en fin, hacen contacto real y verdadero con Dios.
En la Catedral Primada Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción de Bogotá, o Catedral Primada de Santa Fe de Bogotá, tanto título, tanta prestancia, tanto lujo y tanta belleza no cambia las cosas: cuando llegamos a visitarla, un sacerdote pronunciaba su homilía sobre un tema que, probablemente en Colombia, sea recurrente en cuanto pulpito exista: la necesidad de vivir en Paz.
Situada, como corresponde a la planta colonial latinoamericana, en el cuadrante que forma el centro neurálgico del poder, la Catedral de Bogotá (abreviémosle el nombre) es una de las iglesias más bonitas que se encuentra en este lado del mundo: conformada por una planta clásica basilical en forma de cruz latina que ocupa un área de 5300 metros cuadrados, con una nave central y dos laterales de la misma altura, cuenta con un altar mayor y 14 capillas: 7 en la nave sur, 6 en la nave norte y una frontal en la nave central, las cuales se complementan con el coro y dos sacristías. La linterna y cúpula se localizan en el cruce del transepto con el crucero, sostenido por cuatro pechinas y decorada en forma de media naranja, con color azul índigo y trece lenguas de fuego.
La fachada está dividida en dos cuerpos. El primero está compuesto por ocho pilastras de orden Corintio que suben hasta el arquitrabe, friso y cornisa, también de orden dórico; el segundo cuerpo es de orden jónico y se adorna por ocho pilastras. Tres esculturas elaboradas por Juan de Cabrera adornan la parte superior de cada puerta: la puerta del norte San Pedro, la puerta del sur San Pablo y el frontis la Inmaculada Concepción con dos ángeles a ambos lados en actitud de coronarla; encima de esta última se remata la fachada en un triángulo isósceles adornado con endentado, molduras de orden jónico y sobre ella una cruz pontifica de dobles brazos, y debajo de la estatua, sobre el dintel de la puerta principal se lee en una loza de mármol blanco la inscripción: «Bajo el título y patrocinio de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, Santafé religiosa prosperará. Año de MDCCCXIV. Arquitecto Fray Domingo de Petrés, capuchino.».
Esta descripción, que encontré en una guía, cuenta todo lo que uno debería saber; aunque yo insisto que no hay mejor descripción, que la de los ojos de cada quien, que normalmente ni son tan cultos ni aprecian con tanto detalle los cuantiosos ornamentos de una iglesia, que siempre parece estar repleta de fieles a quienes casi les molestan los continuos flashes de los turistas. Cosas de Dios!
 
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Una plaza para el Padre de la Patria

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Yo soy venezolano. A pesar de lo desvencijado que anda este país en estos tiempos,  y de la casi total inexistencia de sitios y/o edificios que nos sirvan de referencia histórica, a mi me gusta mi país, menos cada día, pero me gusta. Me gusta su historia porque es la mía y me gustan algunas de las cosas que todavía pueden exhibirse. Pero, carajo!….el centro de Bogotá, lo único que puede producirle a cualquier venezolano de bien, es una dosis casi insoportable de envidia. Dios del Sinaí, perdóneseme el chauvinismo, pero Simón Bolívar, el Libertador y Padre de la Patria nació en Caracas. ¿Cómo es que nosotros hemos maltratado tanto su memoria? ¿Cómo es que los colombianos exhiban con tanto garbo la primera estatua que se erigió en el mundo a su grandeza? ¿Cómo es que ese espacio tan hermoso que es la Plaza de Bolívar de Santa Fe de Bogotá, solo sirve para que los bogotanos paseen, los turistas hagan fotos y la gente, esa gente por la que Bolívar se esforzó tanto, tenga espacios de disfrute? ¿Cómo lo lograron?
La historia de la Plaza de Bolívar, es larga y tortuosa; está allí desde 1536 más o menos, y sirvió para ejecuciones, para pozos de agua, para fuentes ornamentales, para mercado de campesinos y para muchas otras cosas, pero, cuando entendieron que el genio de Bolívar (si, y repito que no me preocupa el lugar común que acabo de escribir) necesitaba ser ensalzado, apenas unos años después de su muerte, en 1846, acomodaron un pedestal, mandaron a hacer una estatua (creo que es la única que enseña al hombre y no al guerrero, lo cual no está mal) y desde entonces la llamaron Plaza de Bolívar: un enorme espacio adoquinado en el que no hay otra cosa que Don Simón y una colección de edificios, palacios y sitios de gran belleza que lo rodean; Todo,  en un estado de limpieza y pulcritud que ya quisiéramos nosotros para una fecha patria.
De nuevo me disculpo si ofendo a alguien, pero la dignidad de la Plaza de Bolívar de Santa Fe de Bogotá, protegida por ley (Es Monumento Nacional de Colombia desde 1998) y por la decencia de su gente, debería llenar de vergüenza a los venezolanos que han convertido la mayoría de nuestras plazas en galleras de imperdonable inmundicia.

El Museo del Oro

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De las cosas que sorprenden, cuando se hace turismo en Bogotá, es que la mayoría de los sitios más importantes, mejor cuidados y hermosos, se le deben a la decisión de una gente culta y visionaria, que pensó en preservar algo para cuando ya no estuvieran en este mundo. El Museo del Oro, por ejemplo: Empezó en 1940 gracias a que el Banco de la Republica, compró una pieza de singular belleza, conocido como Poporo Quimbaya (un recipiente de cal). Fue un hallazgo arqueológico que, yo supongo, a algún directivo de entonces le dio por conservar y dar inicio con ella, a la vasta colección que hoy se conoce: según pude leer en algún sitio, esa primera colección llegó a tener 1749 piezas entre orfebrería, textiles, piedra y cerámica de los sitios arqueológicos más variados de Colombia; hoy sobrepasa las treinta y cuatro mil piezas, consideradas patrimonio de los colombianos y por lo tanto “intocables” (literalmente)
La historia ha ido poniendo orden en este crecer de una idea: Una sala privada de exposiciones se abrió en 1947, un museo más pequeño, pero público, se inauguró en 1959 y finalmente, el Banco comisionó la construcción de un edificio exclusivo para el Museo del Oro, al famoso arquitecto Colombiano German Samper Gnecco: una caja blanca que flota sobre mármoles y cristales sirve para guardar y mostrar la colección de orfebrería prehispánica más grande del mundo, entre muchas otras cosas.
Es increíble, de verdad. Está cuidado, protegido, mantenido y consentido como lo que exactamente es: una tacita de oro; y es, dentro de ese espacio urbano extraordinario que es el centro de Santa Fe de Bogotá, una visita que uno no puede perderse por ningún motivo. Si la colección es una maravilla, la museología es posiblemente más importante y el edificio “quita el hipo”. Como si eso no fuera suficiente, en los alrededores hay divertidos grupos de folclore colombiano representando las glorias prehispánicas (con mejor o peor suerte, para usted) y una “galería comercial” donde comprar replicas “amarillas” (puede que sean de tumbaga, una antigua aleación de oro y cobre) de muchas de las joyas que usted ve en el museo y tienen varios siglos de antigüedad. No se les escapa una, aunque estas últimas sean más divertidas que interesantes.
 
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LA CANDELARIA

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Las ciudades que logran abrirse un hueco en la memoria de las personas que las visitan, son esas que se han esmerado en meter bajo la alfombra lo que no sirve y engalanar el resto. Es mucho más sencillo de lo que muchas personas “cultivadas” creen. No hace falta hacer grandes estudios para saber que, quien va de paseo a algún sitio, lo hace buscando alguna sorpresa inesperada y alguna emoción inolvidable. Para eso, sólo hace falta ocuparse de la ciudad. Entender que las ciudades son el recipiente donde se contienen las vidas de la gente y por eso, se enferman, se recuperan, se duelen y se ponen bonitas algunas veces.
Eso creo que lo entendieron los bogotanos. Y lo expresaron de la mejor manera en ese barrio maravilloso llamado La Candelaria. Un remanso de vida, a imagen y semejanza de nuestros mayores, en el medio mismo del caos urbano que puede ser cualquier capital latinoamericana. Calles adoquinadas, aceras con brocales, casas de arquitecturas,  más que coloniales, pueblerinas, color, centros culturales, restauranticos baratones, panaderías francesas (voila!) museos, iglesias e historia. Todo encerrado en unas cuantas cuadras que se recorren con un gusto, como si fueran a llevarlo a uno al paraíso. Y me perdonan la cursilería del lugar común.
Es el barrio que está alrededor del centro histórico de Bogotá, es decir, es la génesis de la ciudad; génesis que hace un tiempo fue adoptada por una fundación urbana, que se dedicó a preservar cada adoquín con esfuerzo digno de gran causa. El resultado no puede ser mejor: Cierto es que,  aunque se le caiga el techo de su casa, usted no puede repararlo si no vienen a decirle como tiene que hacerlo (y cierto que eso puede ser muy fastidioso, sobre todo si el techo es el único que uno tiene) pero es la forma que consiguieron tirios y troyanos, para salvar ese pedazo de ciudad que podría haber desaparecido con el progreso y nos hubiera dejado rumiando la nostalgia de las casas caídas.
 
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Andrés, Carne de Res

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Dicen que el mejor falafel del mundo se come en Paris en un cuchitril del Quartier Latin, que las mejores pizzas del mundo se preparan en New York en cualquier comedero del West Village, que no hay ceviche como el que venden las indias de Chosica en Perú, ni Mejillones más ricos que los de la Grand Place de Bruselas. Es posible que sea cierto y que a partir de ahí la lista se haga larga e interesante; lo que pasa es que ninguna de esas “razones” son la única para ir a esos sitios. En Bogotá, puede que haya una diferencia importante: Conozco gente que va a Bogotá, para ir a Andrés, Carne de res. Un rumbeadero mítico. Una señal de identidad Colombiana. El sitio que uno no puede perderse.
El original, el propio, queda en Chía, un pueblo en la sabana bogotana que, si el tráfico ayuda, está como a una hora del norte de Bogotá. Es restaurante, bebedero, bailadero y todo lo demás. Está puesto con un esmero rocambolesco y recargado, hace alarde de la mejor simpatía colombiana y, como si fuera poco, sirve una comida deliciosa, que puede ser regada con el aguardiente que hace famosos a los colombianos, y que sube de estrato - sin ninguna pena - como para que uno empiece a calentar motores.
Hay otro, un poco igual de divertido y de templo de la diversión. Está en plena zona rosa y se llama Andrés DC. Es lo mismo, pero con la gente más bonita y más entregada a la rumba que yo he visto en muchos años.
 
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