domingo, 23 de septiembre de 2012

Casas para ver...

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El rastro de las calles del pueblo que estamos recorriendo nos lleva, sin que se pueda evitar, a transitar entre casitas que son realmente una belleza; pero, son extrañamente uniformes y bien montadas. Suponemos que se trata de refugios de verano o nuestro equivalente a “la casa de la playa” y por eso nos llaman la atención.
Por el frente que vamos caminando, ventanas abiertas y sin cortinas: podemos ver los salones de esas casas, con muebles de gran gusto y una terraza en la parte de atrás desde donde se disfruta la preciosa vista del mar. Cuando nos devolvemos por la parte de atrás, esas terrazas se convierten en parrilleras o en simples tendederos de ropa limpia. Lo inexplicable es que eso (que no es bonito) no se ve desde el frente…de verdad que es como para no parar de pensar que se trata de una escenografía y no de las más bonitas que hayamos visto.

Parada en Volendam

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Es el pueblito de pescadores del que se habla muchísimo en guías y páginas de turismo de los Países Bajos; por eso decidimos parar aquí en el camino de regreso de Edam; total, el ticket ya lo tenemos pagado y aun le queda un poco de sol al día.
El autobús, a diferencia de lo que sucede en Edam, se detiene en el centro del pueblo. Específicamente en una especie de Gran Plaza que se llama EuropaPlein (O Plaza de Europa) que no es más que un enorme descampado rodeado de pequeños comercios de comida y una extraordinaria pastelería-heladería donde más tarde nos damos banquete. Por lo demás, todavía no hemos descubierto otros encantos que nos llamen la atención y, no estamos del todo seguros de que, pararnos aquí, haya sido una decisión acertada.
No sabemos bien porque, pero todo lo que vemos parece una escenografía para atraer turistas.
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viernes, 21 de septiembre de 2012

Las aguas de Edam

Cualquiera diría que Europa Central está “bañada” por las aguas y no sería incorrecto. Desde que salimos de Paris, (suficientemente mojada por el Sena) lo que más hemos visto,  han sido ciudades que comparten sus espacios urbanos con el agua y lo hacen con una gracia maravillosa.
Edam no es menos. Creo que no hace falta describirlo. Si algo sobresale en esta pequeña ciudad de cuento, son precisamente sus aguas. Sin ellas, seguramente no habría todo este encanto.
 
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El Carrillón

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Un pueblo que se recorre rápido, no significa que se recorra con rapidez. Hay mucho que ver, mucho que disfrutar y mucho que grabar en la memoria. Poco a poco vamos tomando otras callecitas, otros pequeños “escondites” y comenzamos a salir del centro propiamente dicho y de las preciosas calles principales.
Mientras eso sucede, un edificio histórico nos sorprende: se trata del famoso Carrillón de Edam, la torre de la Iglesia de Santa María, cuya existencia en este mismo sitio podría estar documentada en el año 1350. Destruida más tarde, y reconstruida por primera vez en el siglo XV; recibió una segunda reconstrucción en 1882, cuando se derribó la iglesia y se mantuvo la torre de estilo gótico tardío como campanario.
Sigue allí, aunque en 1972 amenazó derrumbe y hubo de someterlo a una intensa restauración que garantizara unos cuantos años de vida futura; además, siguen allí las campanas externas que construyo Pieter van den Ghein en 1566, para que se mantengan sonando toda la vida. Cada 15 minutos suena una melodía corta que va desgranando el tiempo.

El queso de bola

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Ya en el siglo XVI, esta ciudad era famosa en Europa por la fabricación y exportación del famosísimo queso Edam o Queso de Bola, que tanta fama le da a Holanda en el mundo. Se dice que al finales de 1500, se exportaban más de 2000 unidades mensuales a toda Europa, desde aquí.
Es el famoso queso de forma circular, envuelto en una costra de cera roja (o amarilla) cuyo interior es amarillo pálido y tiene un sabor muy distintivo que en Venezuela, por ejemplo, conocemos muy bien. Pues bien, ese queso de optima calidad, nació justo en este pueblo y sigue siendo el principal objeto de comercio, de devoción y de orgullo, pero ya no es tan público como solía ser. Muchas de las fabricas de queso Edam están situadas en las afueras del pueblo y ya no se realizan mercados de queso o ferias exposición cada domingo. El resultado es que no es fácil conseguir queso de bola como para atiborrarse de él y además estamos recorriendo el pueblo un domingo tempranero en el que muchos lugares están cerrados.
Algo hemos visto, una gran exhibición de quesos (con cera amarilla) nos sale en un bellísimo parque al que nos acercamos, y descubrimos que la siguiente Feria del queso Edam, será al día siguiente a las 8 de la noche. Es una pena, pero estaremos un poco lejos de aquí.

El Centro

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No es especialmente llamativo ni importante, aunque se nota que es el centro, por la plaza, el par de edificios históricos y los pocos comercios que hay alrededor. Sin duda, la apacible vida de los Edameses (se les dirá así??) pasa en cualquier momento del día por esta calle de tienditas, abastos y lugares para comer, en donde, curiosamente, no hemos conseguido ni rastros del famoso queso Edam, aunque si, otras muchas exquisiteces.
Es el espacio con mayor actividad. Todo el mundo, por cierto, habla Ingles y parece estar muy preparado para atender visitas: Son realmente gente muy amable, casi podría decir que cariñosa y provoca la camaradería de sentarse en la única terraza que vemos a esta hora para compartir con los nativos un poco de su vida tranquilaza y sin carreras.
Estamos de verdad, verdad, enamorados de este lugar maravilloso.
 
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Un puente levadizo

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Una divertida escena nos sale al paso mientras caminamos por la calle principal. Esta pequeña ciudad, como corresponde a su ubicación, está llena de canales de todo tamaño y por lo tanto, está llena de vida en el agua. Pues bien, en el momento en que intentamos cruzar un puente, hemos notado que un par de lanchas muy grandes, están detenidas esperando que “algo suceda” para que ellos puedan continuar con su paseo dominical. Ese algo lo tiene que materializar un funcionario uniformado, que ha escuchado las dos llamadas de atención que salen del par de lanchas y ha venido caminando, sin prisa alguna, a levantar los dos puentes que impiden el paso de las lanchas.
Es una operación, sin complicaciones, que el funcionario cumple con exactitud de ciudadano ejemplar. Baja un par de barreras para obstaculizar el inexistente tráfico automotor (nunca se sabe) y luego va hasta las esquinas del puente, acciona unas llaves, quita unos tornillos que guarda en una carterita de cuero - que debe tener años - y valiéndose de una polea manual, levanta el puente.
Las lanchas pasan, saludan, agradecen y el funcionario, vuelve a poner el puente en su santo lugar. Sin malas caras, sin inconvenientes y sin apuros. Como corresponde a la buena vida.
 
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