viernes, 14 de septiembre de 2012

Il Bravo Ragazzo

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Bajamos del bote completamente felices, pero “muertos de hambre”. La urgencia de buscar un sitio para comer anula cualquiera otra, así que parqueamos por un rato los deseos de seguir recorriendo estas calles y buscamos un lugar que satisfaga los deseos de la menor del grupo, nuestra amada adolescente que merece su pizza por bien portada. Hemos tropezado,  casi a las 6 de la tarde entonces, con un discreto y simpático restaurantico italiano, en el que podremos comer algunas otras cosas, mientras Eliana se come su pizza. Todos felices.
Como corresponde, un mesero (esta vez un tipo muy joven y bien parecido) se acerca a atendernos y en el momento de la carta y lo que cada quien quiere, se arma una pequeña confusión de idiomas que termina dando la sensación de un intercambio poco amable. Yo, que aun no me repongo de Bruselas, le espeto al mesero que por favor se guarde sus antipatías. Y Él, que entiende perfectamente lo que le he dicho, opta por retirarse y proceder a servirnos la comida.
Estaba rica, por cierto, pero no como para recordarla. Yo creo que me comí un sándwich italiano que estaba muy sabroso, pero no podría estar seguro. Vino la cuenta y la conversación banal de viajeros felices se interrumpe, después de pagar, cuando el mesero al que yo he increpado al principio de la comida, pone delante de mí una Coca Cola Helada, que no he pedido, diciendo,
“Esto es para ti, porque no quiero que pienses que yo soy antipático”
Me sorprendí enormemente. Entonces le pregunté ¿por qué? Y él relató con detalles como al principio de la conversación, cuando quisimos ordenar la cena, él había hecho un esfuerzo por hablarnos en español, yo había insistido en hablarle en ingles y todo se había “enpastichado” hasta que yo le solté aquella perla de “aquí no vengas con antipatías”
Y la verdad es que aquí no practicamos la antipatía, simplemente creo que nos confundimos con los idiomas y francamente me pareció mal que usted no apreciara mi esfuerzo por hablarle en su lengua, ósea en español. Pero, igual quiero que me perdone y esa Coca Cola es para usted, como señal de disculpa”
Quise meterme bajo la tierra. Una vez más, una gran lección de decencia me salía al paso. Una lección que me obligaba a deshacerme en disculpas y entender la ocurrencia de aquel mesero preocupado por su buen nombre. Me levanté de mi silla y en un gesto que zanjaba toda trifulca, le extendí la mano con verdad y lo palmoteé en el hombro como acostumbramos a hacer nosotros. El mesero me miró con ojos casi vidriosos y me dijo algo que no pienso olvidar jamás:
“Yo no soy antipático, signor…Io sono un bravo ragazzo”
Los cinco estallamos en una sonora carcajada. Yo abracé al bravo ragazzo y creo que lo ame por un minuto. Rayi, Liliana y Eliana aplaudieron con risas, y la noche, que apenas empezaba y podía haberse tornado fea, empezó a sonreír con el encanto de la sonrisa de aquel mesero que se quedó para siempre como el cuento de un atardecer en Brujas.

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