jueves, 29 de septiembre de 2011

PETERHOF

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Si una visita turística a Paris no estaría completa sin conocer Versailles, una a San Petersburgo tampoco lo está sin conocer Peterhof; uno de los dos palacios emblemáticos de la época de los zares (el otro es el Palacio de Catalina la Grande, al que no pude ir por la lluvia) y casa de recreo de Pedro, El Grande; el zar que no sabia hacer las cosas a medias.
Peterhof es un viaje. Uno con más de tres siglos de antigüedad hacia un tiempo de ambición ilimitada, poder absoluto y belleza opulenta. Fue construido para resolver, como la mayoría de los proyectos de Pedro El Grande, tanto su diversión como sus asuntos prácticos. Desde aquí, el zar podía tener control de su fortaleza naval y su capital, mientras lo usaba como punto de enlace en sus viajes por Europa.
Y claro, no había forma de hacerlo de manera un poco sencilla. Peterhof es magnifico. Es hermoso, es lujoso, es el adjetivo de los adjetivos. Es un parque enorme lleno de fuentes, jardines, cabañas, estatuas y palacios, claro está. El primero de ellos, llamado significativamente Monplaisir (mi placer) servía de refugio a Pedro, mientras se terminaba de construir el Gran Palacio y luego como cabaña para reuniones íntimas y retiros en soledad. Todo, en medio de frescos maravillosos, mosaicos, pinturas y los detalles de lujo exquisito que se repiten casi sin pausa en todo el complejo.
Es increíble. De verdad. Es una locura pensar que alguna gente vivía de semejante manera.
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